A los ojos de los metropolitanos parecerá exótica y primitiva mi “isla”. Víctor Hugo Rodríguez Sandeau, protagonista de Cauce sin río, 1962, pág. 157.
Enrique A. Laguerre
(San Juan, 1:00 p.m.) La escritura nace de la necesidad de dejar en el otro el recuerdo de sí mismo. Aunque ocurre mayormente en solitario, pues necesitamos aislarnos del mundo exterior para realizar el acto material de escribir, su valor intrínseco, esencial, se concreta en el encuentro con el otro, el lector. Así, es un acto que oscila entre el “Yo” y el “Nosotros”, entre la mirada original (la del que escribe) y la mirada recreadora, crítica (la del lector).
Este es el mundo del autor, simple y complejo, agradable y problemático, luminoso y oscuro, comunitario y solitario: una paradoja. Escribimos por mil y una razones y en mil y un lugares. Escribimos en barrios, pueblos y ciudades; en grandes y pequeños países. Escribimos en la cama, en la sala, en el balcón o en el patio; en la biblioteca o en el parque. Escribimos en el auto, en el tren, en el barco o el avión: en cualquier lugar.
Algunos dirán que se escribe poco; otros que mucho. Pero para nosotros, como para el resto de la raza humana, la escritura es un acto necesario, esencial, y por esencial problemáticamente privilegiado. Entre las manifestaciones del acto de escribir, el arte literario ha tenido siempre un lugar de prominencia entre los bienes culturales. Ante esa prominencia de la literatura, históricamente, los centros de poder cultural (entiéndase las grandes ciudades, las universidades y otros espacios privilegiados), apoyados por los medios de comunicación masiva de alcance nacional e internacional soslayan y cancelan (consciente o inconscientemente) las aportaciones culturales del resto del país. Esto problematiza el hecho literario.
En Puerto Rico, como en cualquier otra parte del planeta esto es así. Por ello, en nuestro caso cabe preguntarse: ¿qué diferencia hay entre escribir en San Juan, nuestra metrópolis, o fuera de ésta? ¿Por qué distinguir entre los escritores de la periferia, marginales, de “la isla” y los del área metropolitana? Si, independientemente de las desventajas de hacer literatura fuera de la metrópolis, los “isleños” siguen escribiendo, ¿qué de valioso tiene para nuestra vida colectiva esa manifestación cultural?
Escuchaba hace poco decir a un joven escritor del área metropolitana que visitó un pueblo de “la Isla” para hacer el comentario valorativo de un libro recién publicado, que se asombraba del aprecio por las artes manifestado por el público presente y que haría todo lo posible por hacer llegar hasta ese pueblo (entiéndase de “la Isla”) la extraordinaria vida cultural que se daba en San Juan. (Los aplausos no se hicieron esperar.)
Considero que el comentario anterior confirma la tesis de este “isleño” que escribe: el desconocimiento y menosprecio de la experiencia cultural en los pueblos fuera del área metropolitana es de dos vías. Los centros de poder cultural conocen poco o desconocen las manifestaciones culturales de los pueblos de la periferia y la mayoría de los residentes en “la isla” creen a pie juntillas que lo verdaderamente valioso del fenómeno cultural ocurre en los centros metropolitanos del país. La concentración de los principales medios de comunicación masiva en las grandes ciudades y la carencia de medios efectivos de promover el arte fuera de sus fronteras regionales ahogan los esfuerzos artísticos de la periferia y acrecientan el problema.
Pero, a pesar del desconocimiento, del menosprecio y de las limitaciones de acceso al gran público lector, “la Isla” genera un valioso caudal de publicaciones que merece y debe ser conocido y divulgado adecuadamente. Una mirada consciente a los pueblos, las librerías y las bibliotecas de “la Isla” será retribuida con muestras evidentes de ese esfuerzo editorial. Está profusamente documentado en textos antológicos como los siguientes: Poetas de Lares, Hernández Aquino, editor, 1966; Literatura Vegabajeña, Julio Méndez, editor, 1967; Poetas de Yauco. Antología, Báez Fumero, Lluch Mora, Pérez Toro, editores, 1991; Antología de poetas de Guayanilla, estudio preliminar y selección antológica de Ángel Juan Montalvo, 1992; Antología de cuentistas peñolanos, Waldemar Purcell Gatell, editor, 1994; De la leyenda dorada. Antología de escritores corozaleños, estudio preliminar y selección antológica de Ramón Luis Acevedo, 1996; Como el recuerdo de un amor profundo. Antología de poetas cagüeños, Jaime Marrero Montañez, editor, 1999; Memoria del ’68 (antología de trabajos artísticos diversos de la Clase Graduada en 1968 de la Escuela Superior de Yauco), José Juan Báez Fumero, editor, 2005; Balones y versos (poesía de tema deportivo, 1993) y Contracanto al olvido. Patriotas (Semblanzas de patriotas puertorriqueños, 2009) José Enrique Ayoroa Santaliz compilador, Isabela-Ponce.
Asimismo, dicho esfuerzo cultural es confirmado por el extenso número de estudios críticos sobre asuntos, épocas y escritores de “la Isla”. A modo de ejemplo mencionamos Padre Juan Vicente Rivera Viera. Obra literaria, Santiago Maunez Vizcarrondo, compilador, Humacao, 1988; Manatí y Enrique Zorrilla (1880-1928), Luis Arrigoitia, Manatí, 1997; Poetas y poesía en Yauco (ensayos, 2000) y La soledad habitada. Obra selecta de Francisco Rojas Tollinchi (2005), Báez Fumero, Yauco, editor; Historia del volibol yaucano (2001), Historia del atletismo yaucano (2002), Historia del béisbol yaucano (2006), Roberto Caraballo García, Yauco; Saben más que las arañas (Sobre la narrativa oral afropuertorriqueña, conjunto de trabajos que se nutre en gran medida de información obtenida por la autora en diversos pueblos costeros), Julia Cristina Ortiz, Centro de Investigaciones Folklóricas de Puerto Rico/Casa Paoli, Ponce, 2004; Manuel I. Martínez Plée. Antología de un virtuoso, Casa Paoli del Centro de Investigaciones Folklóricas de Puerto Rico, Néstor Murray-Irizarry y Milagros Martínez Roche, 2005, Ponce; Cabalgando en espinelas (Poesía de Rafael Hernández Ramos), Casa Yaucana: TAINDEC, María de los Milagros Pérez, editora, Yauco, 2009; Fidela. Vida, tiempo y poesía de Fidela Matheu y Adrían, Haydée de Jesús Colón y Ernesto Álvarez, Ediciones Boán, Arecibo, 2009. Merece destacarse la labor de divulgación cultural de la revista Puerto Norte y Sur que el poeta guayanillense residente en Michigan, José M. Oxholm, mantuvo en circulación hasta el momento de su muerte en el 2004, la que por años promovió la labor literaria de puertorriqueños e hispanoamericanos a nivel internacional.
El registro de la memoria histórica de los pueblos ha sido también motivo de importantes trabajos investigativos. Sobre la región del país en que habito, las publicaciones son numerosas. Veamos algunos ejemplos que conozco: Castañer, una hacienda cafetalera en Puerto Rico (1868-1930), Luis E. Díaz Hernández, 1983; Historia de Lajas, Mario F. Pagán, 1983; Noticias sobre los orígenes y fundación de Yauco, Francisco Lluch Mora y José A. Semidei Vázquez, 1988; La industria cafetalera de Puerto Rico (1736-1969), Luis Pumarada O’Neill, 1990; Catálogo biográfico de hijos de Guayanilla, Otto Sievens Irizarry, 1994; La muerte de un gigante (sobre la Central Guánica, en su momento, una de las más importantes productoras de azúcar a nivel mundial), María E. Ramos, 1999; Fundación de la Villa de San Germán en las Lomas de Santa Marta (1971), Historia del origen y fundación de Guayanilla, siglos XVI-XIX (1977), La rebelión de San Germán (1981), Orígenes y fundación de Ponce (2001) de Francisco Lluch Mora; Yauco y sus barrios: Hacienda Cultural, Eloísa Grau, 2002; Don Fidel Vélez y la Intentona de Yauco (1988), Río Prieto de Yauco. Segregación de San Germán y agregación a Yauco (2001), Ensenada: cien años de historia (1903-2003), (2003), Rubén Collado Salazar; Historia de Yauco,
Héctor Andrés Negroni, 2006; Santa Rita. Una hacienda para la historia puertorriqueña (recuento histórico de la hacienda, vinculada estrechamente a la historia de Yauco y de Guánica; actual sede de la congregación religiosa Hermanas Dominicas de Fátima de Yauco), Haydée E. Reichard de Cancio, 2009.
La valiosa producción artística, cultural e histórica que evidencian los textos antes citados, puede y debe estar ocurriendo también en Cabo Rojo u Hormigueros; en Quebradillas, Vega Alta o Río Grande; en Maricao, Adjuntas o Morovis; en Juana Díaz o Coamo; en Luquillo o Patillas. El desconocimiento de lo que ocurre en el resto del país puede y debe ser subsanado por la investigación y divulgación de los hallazgos. Grupos culturales a lo largo y lo ancho de nuestra geografía colaboran significativamente en este esfuerzo. Conocemos de la labor del Ateneo del Caribe y el colectivo de la revista El Relicario en Mayagüez; de la Revista Grito Cultural en Lares; de la del Centro Cultural de Guánica; de la labor de Casa Yaucana: Taller de Investigación y Desarrollo Cultural, Pro Arte Musical de Yauco y la Casa Patriótica en Yauco; del Centro Cultural Marina Arzola de Guayanilla; del Ateneo de Ponce; del Museo de Historia y Cultura en Camuy; de Casa Pueblo en Adjuntas; del Centro Cultural de Barranquitas; del Bodegón de Poetas y el Centro Cultural en Caguas; del Centro Cultural de Humacao.
Esfuerzos como estos, tanto los individuales y como los colectivos, motivan el texto que presentamos. La utilización de Yauco como objeto central del mismo responde a que es el trozo de “la Isla” en el que convivo. Nos ilusiona que este tipo de esfuerzo cultural se realice en todos y cada uno de los pueblos de nuestro país. Nos hará más conscientes de lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos; fortalecerá nuestra conciencia colectiva. Así, la historia de la literatura y de toda la experiencia cultural puertorriqueña será realmente nuestra, la de todos los pueblos, la de todos los puertorriqueños.
En Yauco, a 6 de enero de 2010. Día de los Tres Santos Reyes